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martes, 20 de julio de 2010

VIAJES : ANSÓ


Anso (ver fotos)



Siempre que vuelvo a esa localidad, no sé muy bien donde vuelvo,
si vuelvo a mi memoria, a mi pasado,
ó al reconstruido en mi retina con las fotos antiguas.
La localidad de ansó es una de las menos deterioradas del pirineo aragonés,
A pesar de que no ha contado con ningún tipo de protección patrimonial
hasta hace poco tiempo. (Es más importante lo que hacen los seres humanos
por sí mismo, que lo que hacen como escaqueo de las leyes obligatorias).
-Salvo la penosa moda de sacar la piedra en las fachadas: como es el caso de la mejor muestra de arquitectura tradicional en su calle mayor, la destrucción de las chimeneas y alguna desafortunada nueva construcción-

Su visita, inevitablemente, te devuelve al pasado, en mi caso al mío.
La primera vez que salí de mi casa, sin padres, con una amiga
fue para visitar Ansó, todavía no “hacíamos dedo”, apenas dieciséis años,
pero ya trabajábamos. Se salía en autobús desde Zaragoza al medio día y se llegaba de noche.
Se tardaba todo el día.
Quedamos admiradas, sorprendidas por la estupenda arquitectura de viviendas
de tres plantas. Ordenadas mediante tres calles en paralelo que bajan hacia el barrio bajo, espacio donde se arremolinan en torno a la Iglesia Parroquial. Las casas están separadas por un callejón para evitar los incendios (amargo rescoldo que no ha olvidado la población: en 1644 se quemó la mitad del pueblo y que se puede apreciar en el color de las paredes de las casas que rodean la iglesia). La entrada al pueblo permanece inalterable en el tiempo.

Dormimos en el hotel de la plaza mayor, paseamos por sus calles.
Vuelta y vuelta, donde huele a leña quemada. Ahí estaban las plazas, las fuentes, las balconadas de madera, puertas doveladas, pequeñas ventanas para huir del frío invierno. Todas las casas apiñadas, formando un castillo medieval, con sus huertos en la entrada que permite la llegada de la luz y el sol a las fachadas principales.
Esta es una de las localidades más alejadas y si se va por la carretera antigua de
la foz de biniés todavía se percibe la lejanía. Siempre trataron de ser autosuficientes.
Son orgullosos y altivos, acostumbrados a la vida dura del monte, se saben diferentes, como los dueños del castillo que han cuidado durante generaciones.

En ese momento todavía un par de personas mayores vestía el traje de ansotano,
Sentados en los poyetes, orgullosos de su traje se dejaban observar con insolencia.
Ansó estaba conectado con navarra por el valle de Zuriza y con Francia por los largos caminos de los puertos. Aquí se dirigían las jóvenes y solteras a trabajar en las “alpargatas” para sacar la casa adelante, “las llamadas golondrinas”. Ahora se recuerda con actividades conmemorativas. Y pocas jovencitas de hoy resistirían el ir y venir, sin calzado, sin abrigo, a través de las boiras que pueden perder al más pintado.
Desde entonces no he dejado de ir y un libro “El valle de Ansó en los años cuarenta” de Alfonso Foradada, me ha hecho recordar tantas cosas, tanto ir y venir, con mis amigos, mis padres, mis primos, … con todo el mundo, … volveré.
(... emi: siempre podremos volver ...)